LOS COCHAYUYEROS, VIAJEROS DEL MAR HACIA EL INTERIOR

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Escribe: Mario Grandón Castro

Hubo un tiempo en que las calles de Collipulli se llenaban de un sonido muy distinto al del tráfico de hoy. El chirrido de las carretas de madera, el paso lento y firme de los bueyes, y el canto de los cochayuyeros anunciaban su llegada desde las lejanas costas del sur. Eran hombres curtidos por el sol y el viento marino, que junto a sus familias emprendían extensos viajes desde Quidico, Tirúa o los pueblos de la provincia de Arauco, trayendo consigo el fruto del mar: el cochayuyo.

Por días recorrían los caminos polvorientos del interior, cruzando cerros y ríos, hasta llegar a las ciudades donde su producto era muy apreciado. En Collipulli, su arribo era casi una fiesta. Las carretas, cargadas de grandes manojos del alga costera, se estacionaban en el centro o recorrían los barrios ofreciendo el cochayuyo fresco, seco o trenzado, a gritos que se volvían parte del paisaje sonoro de la ciudad.

Por las noches, los cochayuyeros buscaban descanso en el antiguo bebedero de calle Cerro, junto a la entrada del entonces Cerro Santa Lucía, bajo la sombra generosa de un frondoso encino. Allí compartían el mate, el pan amasado y las historias de sus travesías, mientras los bueyes rumiaban tranquilos después de la jornada.

Aquel oficio, mezcla de sacrificio y nobleza, fue por décadas una estampa viva del comercio popular chileno. Sin embargo, el tiempo y la modernidad lo fueron borrando lentamente. Hoy, solo de vez en cuando se ve alguna camioneta estacionada en la plaza o en una esquina, con cochayuyo traído desde la costa. Ya no hay carretas, ni campanas, ni encinos que los refugien en la noche.

El cochayuyero, ese viajero del mar que cruzaba la cordillera de la costa para llevar alimento y sustento a los pueblos del interior, pertenece ahora a la memoria colectiva. Su figura queda grabada en el recuerdo de quienes alguna vez compraron su producto o lo vieron llegar, cansado pero orgulloso, sabiendo que en cada viaje no solo traía el sabor del mar, sino también una lección de esfuerzo y dignidad. (Foto de contexto)