Escribe: Mario Grandón Castro, Director de VIADUCTO FM
Dieciséis adultos mayores perdieron la vida tras el incendio que destruyó el hogar donde residían. Dieciséis historias, dieciséis vidas, dieciséis familias que hoy enfrentan un dolor imposible de dimensionar.
No se trata solamente de un incendio. Es una tragedia que obliga a preguntarnos, con dolor y también con indignación: ¿qué estamos haciendo como sociedad para proteger a nuestros adultos mayores?
Personas que entregaron décadas de sus vidas, que trabajaron, criaron hijos, levantaron familias y aportaron a sus comunidades, terminaron sus días en medio de una emergencia que tuvo consecuencias devastadoras. Y frente a ello, no basta con lamentar lo ocurrido. No basta con enviar condolencias ni con declarar días de duelo.
La muerte de 16 adultos mayores debe interpelarnos.
Durante años se habla de la necesidad de cuidar, proteger y entregar una vejez digna. Sin embargo, demasiadas veces las personas mayores quedan relegadas, invisibilizadas y a merced de sistemas que reaccionan cuando la tragedia ya ocurrió.
La pregunta es inevitable: ¿cuánto de esta tragedia pudo haberse evitado? ¿Existían las condiciones de seguridad adecuadas? ¿Había protocolos de evacuación efectivos?
Son preguntas que deben ser respondidas con seriedad y transparencia.
Porque detrás de cada número hay una vida. No son “16 adultos mayores”. Son 16 personas. Tenían nombres, familias, recuerdos, afectos y una historia que merecía terminar con dignidad y no convertida en una cifra más dentro de una trágica estadística.
Esta tragedia también evidencia una realidad mucho más profunda: la preocupante inercia con que como sociedad enfrentamos el envejecimiento. Nos acordamos de las personas mayores cuando necesitan ayuda, cuando ocurre una tragedia o cuando sus imágenes aparecen en las noticias. Pero la verdadera preocupación debe existir antes: en la familia, en la prevención, en la fiscalización, en la infraestructura, en la atención, en la seguridad y, sobre todo, en el respeto.
No podemos permitir que la muerte de estas 16 personas quede reducida a una noticia que desaparecerá de los titulares en pocos días.
Lo ocurrido en Pitrufquén, nos deja una herida, pero también una obligación. Investigar, determinar responsabilidades y revisar profundamente las condiciones en que viven nuestros adultos mayores no puede ser opcional.
Porque una sociedad que permite que sus mayores sean olvidados está olvidando también su propia historia.
Hoy corresponde acompañar a las familias, respetar su dolor y exigir verdad.
Y mañana, corresponde actuar.
Por los 16 que ya no están. Y por todos los adultos mayores que todavía esperan que Chile los mire, los proteja y les asegure algo tan básico como vivir y morir con dignidad.