HISTORIA DE LAS TRES PALMERAS: MEMORIA VIVA EN EL FRONTIS DE LA CASA MUSEO

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Escribe Mario Grandón Castro

COLLIPULLI.- A simple vista, las tres palmeras que se alzan en el frontis de la hoy Casa Museo parecen parte natural del paisaje urbano. Sin embargo, tras sus altos troncos y frondosas copas se esconde una historia entrañable, tejida con recuerdos, compromiso comunitario y amor por la ciudad.

Pocos collipullenses  conocen cómo se gestó la plantación de estas palmeras, que hoy son testigos silenciosos del paso del tiempo. Según relatan vecinos de la comuna que superan los 95 años de edad, y cuyas memorias permanecen tan firmes como estos árboles, fue en el año 1943 cuando tres pequeñas plantas comenzaron su vida en el entonces modesto antejardín del edificio municipal, hoy declarado Monumento Nacional, patrimonio y convertido en Casa Museo.

En aquella época, el inmueble apenas contaba con 23 años de existencia, y la ciudad crecía al ritmo de sus instituciones y de la participación activa de su comunidad. Las palmeras, donadas generosamente por Alberto Hinojosa Puente, funcionario de la Dirección de Rentas y Patentes de la Municipalidad, fueron plantadas en una ceremonia sencilla pero profundamente simbólica.

Cada una de las palmeras fue asignada a cada una de las escuelas existentes en Collipulli por esos años: la Escuela Superior de Hombres N°1, la Escuela Superior de Niñas N°2 y la Escuela Mixta N°3. Delegaciones de alumnos de cada establecimiento participaron en la plantación y asumieron el compromiso de apadrinar, cuidar y acompañar el crecimiento de “su” palmera, sellando así un vínculo entre la educación, la ciudad y su futuro.

El acto se realizó bajo la administración del alcalde de entonces, don José Stagno, en un tiempo en que los gestos simples tenían un profundo sentido de pertenencia y proyección comunitaria.

Hoy, más de ocho décadas después, esas tres palmeras siguen en pie, recordándonos que la historia no solo se escribe en libros o documentos oficiales, sino también en pequeños actos que, con el paso de los años, se transforman en símbolos. Son, sin duda, jirones vivos de nuestra historia, parte de lo nuestro, raíces profundas que siguen contando silenciosamente el pasado de Collipulli a quienes saben detenerse a mirar.