Sin embargo, la realidad actual es decepcionante, es otra. Los vidrios protectores, en lugar de exponer las maravillas de nuestra ciudad, se han convertido en lienzos para la publicidad de diversa índole. Algunos están rotos y rayados con grafitis que desfiguran por completo la intención original de la iniciativa. Lo peor es que esta situación no es pasajera, sino que perdura en el tiempo, convirtiendo estos paraderos en puntos negativos y feos en medio de nuestra urbe.
Es necesario reflexionar sobre cómo hemos permitido que estos lugares, concebidos con tanto esmero, caigan en el olvido. ¿Nos da lo mismo el deterioro de nuestra identidad? ¿Hemos perdido la conexión con nuestra historia y tradiciones? La respuesta no puede ser otra que la acción. Urge recuperar la visión original de estos paraderos y restaurar su valor como puntos de encuentro que narran la historia y la identidad de nuestra ciudad.