Escribe: Mario Grandón Castro
En nuestra querida ciudad, a menudo nos enfrentamos a la difícil tarea de compartir noticias desalentadoras, especialmente cuando se trata de proyectos que nacen con la intención de resaltar lo mejor de nuestra comunidad. Lamentablemente, en esta ocasión, nos vemos en la obligación de abordar un tema que refleja una triste realidad: la pérdida de identidad y la indiferencia que rodea a los paraderos de la locomoción colectiva, que en algún momento fueron pensados como vitrinas de nuestra historia, patrimonio local y ventana al turismo.
Hace un tiempo, se llevó a cabo una iniciativa loable: adornar los paraderos con fotografías históricas, poemas de escritores locales y otros elementos que celebraban nuestra identidad como comunidad. Estos puntos de encuentro no solo servían como referencia para los visitantes, sino que también ofrecían una oportunidad única para sumergirse en la riqueza de nuestra historia, tradiciones y atractivos turísticos. La idea era clara: convertir estos lugares en ventanas visuales hacia lo mejor de nuestra comuna, una invitación a un viaje por nuestra identidad.

Sin embargo, la realidad actual es decepcionante, es otra. Los vidrios protectores, en lugar de exponer las maravillas de nuestra ciudad, se han convertido en lienzos para la publicidad de diversa índole. Algunos están rotos y rayados con grafitis que desfiguran por completo la intención original de la iniciativa. Lo peor es que esta situación no es pasajera, sino que perdura en el tiempo, convirtiendo estos paraderos en puntos negativos y feos en medio de nuestra urbe.
