Los vecinos —en su mayoría pequeños y medianos productores— son los que pagan el precio más alto. Sus vehículos, herramientas fundamentales de trabajo y vida, se deterioran día a día. «Aquí no ha pasado una tragedia solo por milagro», dicen algunos. Porque no se trata solo del daño económico: cada viaje es una ruleta rusa. Cada curva con barro, cada bache cubierto por agua es un riesgo latente. Y sin embargo, la respuesta institucional sigue siendo la misma: promesas, compromisos, plazos inciertos.