COLLIPULLI.- No son hoyos. Son cráteres. Verdaderos abismos en el asfalto que más parecen vestigios de un campo de batalla que parte de una ruta que conecta a cientos de familias con el resto de la comuna. Así está la Ruta R-35 hacia San Andrés, en Collipulli, un camino que se cae a pedazos mientras sus habitantes ven, una vez más, cómo las promesas se las lleva el viento… o el barro.
Ya en verano se encendieron las alarmas. Se enviaron oficios, se hicieron declaraciones públicas, se avisó por todos los medios posibles. Pero la respuesta fue la de siempre: «Vamos a arreglarlo». Un «sí, claro» que resuena como un eco vacío entre los árboles y potreros que bordean el camino. Pasaron los meses, llegó el invierno y con él, la pesadilla. Los hoyos de ayer son hoy verdaderos cráteres que tragan neumáticos, doblan llantas y ponen a prueba la paciencia de los conductores.

Los vecinos —en su mayoría pequeños y medianos productores— son los que pagan el precio más alto. Sus vehículos, herramientas fundamentales de trabajo y vida, se deterioran día a día. «Aquí no ha pasado una tragedia solo por milagro», dicen algunos. Porque no se trata solo del daño económico: cada viaje es una ruleta rusa. Cada curva con barro, cada bache cubierto por agua es un riesgo latente. Y sin embargo, la respuesta institucional sigue siendo la misma: promesas, compromisos, plazos inciertos.
