Desde temprano, la Plaza de Armas se fue llenando de fieles. Hombres, mujeres, niños y adultos mayores llegaron con sus ramos de olivo, romero, laurel y palmas tejidas entre las manos. Eran más que simples adornos: eran símbolos de esperanza, de fe, de una tradición que año tras año convoca a creyentes y curiosos por igual.
El Domingo de Ramos no es solo una fecha en el calendario litúrgico. Es, para los cristianos, la puerta que abre el camino hacia los misterios más profundos de su fe: la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Es el momento para recordar que, como aquel pueblo que recibió a Jesús con palmas y cánticos, también hoy se puede proclamar a Cristo como el pilar fundamental de la vida.